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27.1.10

Puro teatro



Sonríe, que parezca que estás contenta. Bien, ahora mira insinuante. No, inténtalo de nuevo. Más insinuante. Vale, vale… vas aprendiendo. Parpadea, deja que resalten tus ojos. Perfecto. Prueba de caminar hacia la derecha. O no, mejor dirígete hacia la izquierda. Abre un poco la boca, como si fueras a decir algo. Un poco más exagerado, que parezca que tienes algo que decir. Cuando consigas que te mire sorprendido, debes negar con la cabeza y decirme que nada, como si realmente tuvieras algo que contar y lo quisieras esconder. Entonces, gírate y desaparece, lentamente. Y sigue así, como siempre has hecho, interpretando el personaje que tú misma has creado en ti. Obedécete, querida actriz. Sólo tú diriges tus actos que, al fin y al cabo, no son más que puro teatro.

Que se cierre el telón.


1.1.10

Equilibrio

Entendamos la vida como el equilibrio ponderado de las fuerzas positivas y de las negativas. Algo así como la consonancia entre fortunios e infortunios con el único objetivo de preservar la neutralidad de las existencias. Sin derecho a sobrepasar el límite de nada ni nadie. Antónimos que se contraponen para armonizarlo todo, privando de fascinación. La ordinaria normalidad no iba a permitirme terminar el ciclo dos-zero-zero-nueve con alegría. Yo ya lo sabía, algo malo merecía sucederme.

12.8.09

Els centímetres de Lo.Li.Ta.

En la versió anglesa original fa four feet ten, que segons els meus càlculs són 147.3 centímetres. A la traducció castellana que sempre he llegit, parla de un metro y cuarenta y ocho centímetros. La traducció catalana, en canvi, hi afegeix dos o tres centímetres: un metre cinquanta, diu. La versió italiana s'acosta a l'original i fa referència al suo metro e quarantasette, tot i que recordo haver trobat una edició alternativa que parlava d'un metre i cinquanta-vuit centímetres. Per la seva banda, els francesos la fan una mica més baixta i la imaginen amb son mètre quarante-six. M'ha semblat curiós que cada llengua inventi una Lolita una miqueta diferent.

...



29.4.09

Al desnudo


Que yo te quiera se me antoja ahora repentinamente algo inverosímil. Pero quizá sea esa precisamente la razón. Eres una persona inverosímil, Eva, y yo también. Eso tenemos en común. Junto con el desprecio por la Humanidad, incapacidad para amar y ser amados e insaciable ambición y talento. Nos merecemos el uno al otro…

Eva al desnudo

23.3.09

Shhhhh... no se lo digas a nadie

Ven, acércate. ¿Quieres que te cuente un secreto? Sólo tú puedes conocerlo, sé que puedes comprenderme. A menudo –no se lo digas a nadie-, siento deseos muy fuertes. Llego a desear algo con tanta y tan grande intensidad que sólo con desearlo consigo satisfacer mi pequeño anhelo. Y cuando mayor es la fuerza que me impulsa a creer en ese deseo, cualitativamente mejor es el resultado. Sí, te lo diré. A veces, antes de dormirme, susurro su nombre bajo las sábanas, repetidamente, hasta sentirlo cerca, hasta que pronto logro tenerlo cerca. O soy capaz de suplicar infinitas veces ese afán que me inquieta y me exaspera “por favor, por favor, por favor”, sabiendo que cuánto más lo ruego, más posibilidades tengo. Y así es. Casi siempre, así es. Otras veces, escribo mi deseo en un viejo cuaderno, de forma incansable, una y otra vez, rellenando sus páginas de mis suspiros. Nunca he llegado a terminar ningún cuaderno… siempre consigo antes mis resultados. Y no es tarea difícil. Basta con desear, sentir y vivir.

Luego están las excepciones, pero… ¿qué más dan, ahora?

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4.3.09

Tú la danza, yo la música


Bailaban los atardeceres a ritmo impecable. Eran armonía en su máximo esplendor; pura sincronización, majestuosa consonancia. Bastaba pensar en su composición para concebir lo inconcebible, una belleza sublime que era posible solamente la una con la otra. Tú aportabas dinamismo, yo, el estatismo que justamente precisabas. ¿O quizás era al revés? ¿Quién era quién, ahora? Por aquel entonces, jugaron a ser poesía. Un juego sin reglas en el cual todo tenía validez, un libre albedrío categórico y un único fin: la bonita sorpresa. Hoy formábamos parte del séptimo arte; mañana, quizás, éramos ese romance que nos apasionaba. Como dos soles distintos que iluminan un mismo mundo. Como la danza y la música, probablemente la pareja por excelencia de Matisse. Tu mirada estimulante era verde, mi sonrisa inocente, en cambio, adquiría una coloración anaranjada. Eran complementarios los colores de la misma forma que lo eran nuestros gestos, bajo el cielo azul intenso de la pincelada del príncipe de los fauves. Fue difícil pero, finalmente, se encontraron.