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8.3.10
22.7.09
29.4.09
Al desnudo

Que yo te quiera se me antoja ahora repentinamente algo inverosímil. Pero quizá sea esa precisamente la razón. Eres una persona inverosímil, Eva, y yo también. Eso tenemos en común. Junto con el desprecio por la Humanidad, incapacidad para amar y ser amados e insaciable ambición y talento. Nos merecemos el uno al otro…
Eva al desnudo
I suscitat per una barreja de
Apatia,
Esperança,
Introspecció
23.3.09
Shhhhh... no se lo digas a nadie
Ven, acércate. ¿Quieres que te cuente un secreto? Sólo tú puedes conocerlo, sé que puedes comprenderme. A menudo –no se lo digas a nadie-, siento deseos muy fuertes. Llego a desear algo con tanta y tan grande intensidad que sólo con desearlo consigo satisfacer mi pequeño anhelo. Y cuando mayor es la fuerza que me impulsa a creer en ese deseo, cualitativamente mejor es el resultado. Sí, te lo diré. A veces, antes de dormirme, susurro su nombre bajo las sábanas, repetidamente, hasta sentirlo cerca, hasta que pronto logro tenerlo cerca. O soy capaz de suplicar infinitas veces ese afán que me inquieta y me exaspera “por favor, por favor, por favor”, sabiendo que cuánto más lo ruego, más posibilidades tengo. Y así es. Casi siempre, así es. Otras veces, escribo mi deseo en un viejo cuaderno, de forma incansable, una y otra vez, rellenando sus páginas de mis suspiros. Nunca he llegado a terminar ningún cuaderno… siempre consigo antes mis resultados. Y no es tarea difícil. Basta con desear, sentir y vivir.
Luego están las excepciones, pero… ¿qué más dan, ahora?
Luego están las excepciones, pero… ¿qué más dan, ahora?
...
I suscitat per una barreja de
Amistat,
Esperança,
Introspecció
17.12.08
6.11.08
6.10.08
11.6.08
Tulse Luper

Escribir sobre el cuerpo de alguien puede paracer sorprendente, especialmente si lo ilustra Greenaway. Fue así como (M) y su entorno se dejaron captivar por la rareza y la excentricidad de tal acontecimiento fílmico. Pero no hubo un próximo reencuentro con el mismo hasta la última noche de aquel viaje parisino, cerca de Rue Mouffetard. Si saberlo, (C), (A) y (M) avanzaban siguiendo los pasos que alguna vez había seguido el asombroso soñador de Bertolucci, que se acostaba cada noche a escasos metros del lugar… y al que soñaban –sólo soñaban- encontrar. De no haber coincidido con caras conocidas y desconocidas a la vez, no hubieran podido concebir tan grande agitación y entusiasmo. La situación propició un vínculo entre los sagitarios, que permitió que (M) se dejara seducir por (M*) y las numerosas lecciones de experiencia que le resultaron temporalmente útiles. (M) indagó y descubrió, así, la relación de (M*) con Greenaway y su aparición en Las Maletas de Tulse Luper. El hecho arrastró una aparente insignificancia hasta que (M) descubrió uno de los escenarios de la película. De entre todos los cerezos del mundo, el director inglés se había decantado por los de su reducida aldea y, concretamente, por los de su familia, de manera que estableció trato con los mismos. (M) lo recordaba, pero nada hasta la fecha le había llevado a relacionarlo. Quizás, entonces, no fue la primera vez que (M) y (M*) coincidieron. Quién sabe. A lo largo de aquella noche parisina, (M*) le regalo a (M) bonitas lecciones de amor… Y, curiosamente, (M) ahora descubría que alguien de especial importancia para su felicidad también sentía una extraña admiración por Greenaway y, principalmente, por Las Maletas de Tulse Luper. Era como si todo su reducido mundo girara entorno de una película…
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